
Según algunos mitos de terror, los necrófagos son seres que se alimentan de cadáveres humanos. Para satisfacer esta necesidad, saquean tumbas de los cementerios, rondan lugares donde es habitual que la gente muera, y en épocas de escases ellos eligen presas vivas, y las asesinan para después comerlas. Los necrófagos consumen cualquier tipo de cadáver, y no tienen predilección por el estado de descomposición en que se encuentren.
Aunque los demonios necrófagos son muy comunes en el folclore de occidente, en realidad son de origen islámico, donde se describían como una raza de espíritus malignos rebeldes que habitaban en los desiertos. Las historias de estos desagradables, repugnantes y asquerosos seres se fueron extendiendo, por lo que también ser relacionaron con los bosques, cuevas y cementerios, y debido a sus conductas profanadoras y caníbales les temían también en todo el norte de África, Oriente Medio e India.
La descripción sobre las criaturas es variada, y depende mucho de la cultura en que se desarrolle, por ejemplo, fueron detallados como camellos, caballos, bueyes o avestruces de un solo ojo y seres humanoides. Pero el aspecto en realidad carece de importancia, pues entre sus habilidades se encuentra la de cambiar de forma para atraer víctimas. En ocasiones aparentan ser indefensos ancianos, viajeros que desvían a la gente de sus destinos hacia lugares donde puedan atacarlos con mayor facilidad, y a veces juegan a ser bellas mujeres que atraen a los hombres fácilmente. Lo único que puede delatarlos al transformarse son sus pies, ya que estos siguen siendo pesuñas, semejantes a las de una cabra, camello o asno.
Como se dijo antes, los necrófagos encuentran mucho placer al comer cadáveres, sin embargo, también les gusta matar con sus propias manos, y para las victimas es muy complicado escapar de ellos por ese don de la transformación que tienen, ya que para notar sus pies hay que estar muy cerca y en este momento ya es tarde para escapar, la única opción es darle un fuerte golpe en la cabeza para matarlo, pero, ¡Solo uno!, pues un segundo golpe solo sirve para revivirlo.
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